abril 2015

“Pues sea sexy, amigo” – Me dice semejante idiota. Yo no sabía cómo ser sexy, mi papá no me había enseñado a ser sexy, en el colegio no te enseñan a ser sexy, tu mamá no te da un beso en la mejilla al salir de la casa y termina con un “Que te vaya bien hijito, pórtate sexy”. Ahí me atacó la pregunta, ¿cómo un hombre del común puede ser sexy? En los comerciales aparece James Rodríguez recostado en un sofá con un sixpack en su abdomen y a mi hermana se le iluminan los ojos casi con lágrimas sólo de verlo… pero yo, ¿cómo podía yo ser sexy?

 
Lo miré – Pues enséñeme, maestro. Al parecer usted es todo un gurú – le dije con sarcasmo. Ricardo se dirigió a la mesa de esas dos nenas que estaban solas mientras caminaba como bailarina de ballet tratando de verse más alto, atándose la corbata hacia arriba y haciendo duck face como si estuviera en una pasarela y todas las cámaras apuntaran hacia él. Sonreía a todos los del bar y los señalaba con el dedo índice como si los conociera de toda la vida, se tenía fe. Llegó a la mesa, se apoyó poniendo su mano izquierda mientras mostraba su reloj y ellas lo voltearon a mirar, les dijo algo, ellas se miraron y ¡CATAPLÚM! Tome su cachetada. Se devolvió aburrido donde yo estaba mientras se sobaba el cachete y ponía cara de dolor, yo no podía de la risa.

 
– ¿Qué les dijo, señor irresistible? – Le dije llorando de la risa. – No, pues que me habían parecido lo más delicioso del sitio y quería que nos acompañaran para tomar algo y salir de remate – Le puse la mano en el hombro – Yo no sé ser sexy, pero definitivamente, ese no es el camino –.

 
Me levanté de la silla y fui donde esas bellezas, con el caminado chueco que me caracteriza, la camisa por fuera y una cerveza en la mano. Llegué a su mesa y ya sin ningún interés, me presenté y les pedí disculpas por el comportamiento de mi amigo. Una se llamaba Liz y la otra Laura, pero personalmente me encantaba Laura. Sin más, me despedí y me di la vuelta – Espera, Mateo – me dijo Liz. Me invitaron a una copa y me dieron sus números de teléfono. Volví a la barra con cara de ganador mientras Ricardo, con cara de sorpresa, no lo podía creer.

 
Al otro día le pregunté a mi hermana cómo un hombre podía ser sexy, me dijo que ellas podían serlo, mientras que nosotros debíamos conformarnos con lo que Dios nos dio. También me dijo que lo que les impactaba a ellas era la seguridad con la que un hombre hablara, que no me acercara con expectativas altas porque las mujeres huelen la necesidad en un hombre y eso las espanta, que no me creyera la última empanada de la vitrina y que las escuchara al hablar. Una buena conversación decía mucho de un hombre pero que la primera impresión nunca podía ser del tipo sobrado si lo que quería era levantar a una vieja bien.

 
15 días después me decidí a escribirle a Laura para saludarla y preguntarle cómo le iba.

 

– Hola Laura, hablas con Mateo. El tipo del bar ¿Cómo vas?

– Wow, qué sorpresa. Pensé que no me escribirías, le pregunté tu nombre a Liz porque me dio pena hablar contigo.

– ¿Y eso?

– No sé, a Liz le pareciste sexy y yo me sentí insegura al hablarte. Además pensé que te habías fijado en ella y preferí no entrometerme.

O sea, le parecí atractivo a una mujer en el mundo. El hombre sexy.

Era la quinta vez que le hablaba del tema y ella ya parecía más receptiva. En un principio parecía hasta incomodarle, más que por la idea misma de practicarlo, por los dilemas morales que le traía. Un amigo fue el que me dijo de la existencia de un lugar cerca de mi apartamento donde hacían shows y luego de eso uno decidía si quería integrarse como pareja o como individuos (obviamente bajo previa consulta) para probar con otras personas sexo consentido y nivel de agresividad permitido. El día que él me lo planteó le dije que estaba loco, me dijo que el loco era yo pues su novia se lo había tomado por el lado amable y una vez empezó la acción ella accedió a practicarlo… no el en sitio, en su casa y con riesgo controlado.

El morbo de los hombres nos lleva a proponer cosas que no pensábamos posibles, pero la primera vez le dije la idea, de una sonrisa sarcástica me dijo “Claro, cuando las vacas vuelen”. Volviendo al principio, se lo propuse por quinta vez y ella me lanzó una mirada de confusión. Luego de la primera vez habíamos visto varias películas del tema y mientras más veía la sensación de las mujeres en los videos, veía un cambio en su actitud, de chica curiosa, de mujer con ganas.

Decidimos ir al sitio sugerido por mi amigo, pagamos a la entrada pues era un club de intercambios y por mutuo acuerdo sólo miraríamos sin participar del espectáculo y mucho menos pensar en un intercambio, estábamos a punto de casarnos y eso podría dañar la relación que tanto nos había costado construir. La primera pareja en hacer su show era un señor de edad y una rubia despampanante, llevaban en esa vida un tiempo considerable y les gustaba el sadomasoquismo y los intercambios. Fue mucho más explícito de lo que esperaba pero muy educativo. Pasó la segunda pareja, ella morena y él rubio. La tercera, un tipo con dotación para hacer feliz al gran cañón y ella baja, parecía una película porno de las que compras en el centro con el título “Mandingo”.

Terminados los espectáculos en vivo, empezó la rumba de todos contra todos. Una pareja se acercó y el hombre habló en nombre de su esposa pidiéndonos tener una experiencia juntos, ella me tomó de la mano.

Salimos del club, la miré a los ojos y ella me habló con la mirada. Como nueva experiencia fue muy enriquecedora, como enseñanza, decidimos seguir con nuestra convencional relación. Si bien vimos a muchas parejas que disfrutaban tanto del sado como del swinger, nosotros decidimos no ser parte de ese estilo de vida. Dijimos que volveríamos otro día a ver, no a participar. Nuestra relación se fortaleció y la confianza aumentó considerablemente. Ahora vemos películas XXX mientras practicamos juegos de rol en nuestro apartamento de casados pues pensamos que hay una delgada línea entre la fantasía y el acto que no precisamos cruzar como pareja.