julio 2015

Qué pereza ir caminando por la calle y de repente oír que gritan a decibeles exagerados
–Mami, ¡lengua de Godzilla!- o algo como -¡Mami, eso sí es una arepa con todo!
¡Agh, qué rabia! Y también da pena porque lo hacen delante de todo el mundo.
Esos tipos así no se ganan nada de nada… bueno, no hay que ser tan drásticos pero creo que deben aprender a tratar a una mujer, además, esos son los típicos hombres que hablan mucho y nunca levantan nada.

Ayer estuve en una fiesta y conocí un tipo de estos, se llama Juan pero sus amigos le dicen “Juan Muchalabia”. Se la pasó toda la noche tratando de conquistarme con unas frases horribles, parecía que las sacaba de una canción de reggaetón y claro, como yo no le copié en ningún momento, se fue de mesa en mesa a caerle a todo lo que se moviera con ese parlamento, parecía un aguacero. Al final de la noche se fue solo para la casa.

Cuando un tipo me habla así lo único que puedo hacer es poner mi peor cara, pero en el fondo de mi corazón (muy en el fondo), sé que lo que necesitan este tipo de personas es alguien que los haga caer en cuenta de ese grave error.

Tenemos una misión importante con este personaje, con Juan Muchalabia, debemos convertirlo en un caballero para que deje de ser tan burdo y lo más importante, para que pueda conquistar a las mujeres que le gustan. Si ustedes tienen unos buenos consejos de levante y conquista para este pobre muchacho, entren a las redes sociales de Mystic y ayúdenlo utilizando el hashtag #JuanAsíNo

“No eres tú, soy yo”, ya me la habían dicho 2 veces en la vida pero ésta sí me dolió. Ya habíamos hecho planes a futuro, era la mujer con la que quería pasar el resto de mi vida. Un día empezó a cambiar sin decirme el por qué y de repente ¡BOOM! Terminemos… me partió el corazón en pedacitos, a los pedacitos les pasó una aplanadora, los quemó y los echó a la basura.

– Relájese, eso duele pero ya verá que un día va a poder levantarse de ese golpe y será más fuerte que nunca – Me dijo mi hermano Augusto al verme con semejante tusa mientras me daba unas palmadas en la espalda. – Vamos a estar en la casa de Margarita por si se anima, camine para que cambie de ambiente. Ese encierro sólo va a empeorar las cosas – pues sí, me imagino que la otra desalmada estaría tranquila mientras yo me quedaba en la casa viendo películas con la cara larga.

Llegamos a la casa de la amiga de mi hermano y el ambiente estaba relajado, había bastante gente para ser una reunión informal. Unos jugaban cartas, otros contaban chistes, todos felices. Saludé a Margarita y le pedí una cerveza bien fría, ella llamó a una amiga para no dejarme solo mientras iba a su habitación con mi hermano (se le notaban las ganas por él).

– ¿Qué te trae por aquí? No te he visto antes en las reuniones con tu hermano.

– Mira, no quiero hablar ahora. Gracias de verdad por la compañía pero lo menos que quiero es intimar con alguien.

Sonó esa canción de Darío Gómez “El rey del despecho” y grité que le subieran. Ella me miró y sonrió.

– Usted lo que está es entusado. No quiero dejar a mi amiga sola en el cuarto de visitas viendo películas, camine y nos cuenta sus penas. Vamos a ahogarlas con cerveza.

Qué más tenía para hacer, si seguía ahí hasta podía empezar a llorar por mi ex. Ver ese mismo programa en compañía podía subirme el ánimo. Llegamos al cuarto y su amiga estaba dormida en tangas, SÍ… EN TANGAS. Ellas llevaban tomando un rato y la cerveza había hecho efecto.

Me dio pena por haberla encontrado así y la desconocida (porque ni nos habíamos presentado) cerró la puerta del cuarto.

“Sin pena, Felipe. Venga siéntese en la cama” se sabía mi nombre. – ¿Cómo te llamas? – Pregunté – Mucho gusto, Ángela – respondió. Yo me puse a mil y empecé a sudar “Te ves nervioso, ¿nunca habías visto a una mujer durmiendo en tangas?” obvio sí, pero nunca a una desconocida. Ella se acostó a su lado, empezó a tocarla de las piernas hacia arriba… yo ya empezaba a izar bandera.

– Ella se llama Daniela y somos pareja. Nos gustan las emociones fuertes, todo fuerte. Digamos que tenemos una relación “distinta” a las demás.

No había caído en cuenta que se había hecho la dormida para provocarme con su ropa interior y ahora me estaba mirando mientras se mordía los labios.

– Venga que le vamos a ayudar con ese corazoncito roto – me dijo Ángela mientras le daba una nalgada a Daniela.

Cuando desperté, eran las 6:00 a.m. tenía a una chica en cada brazo. Escuché nuevamente en mi cabeza esa canción de Darío Gómez y me dije a mí mismo “Soy el rey del despecho”.