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“No eres tú, soy yo”, ya me la habían dicho 2 veces en la vida pero ésta sí me dolió. Ya habíamos hecho planes a futuro, era la mujer con la que quería pasar el resto de mi vida. Un día empezó a cambiar sin decirme el por qué y de repente ¡BOOM! Terminemos… me partió el corazón en pedacitos, a los pedacitos les pasó una aplanadora, los quemó y los echó a la basura.

– Relájese, eso duele pero ya verá que un día va a poder levantarse de ese golpe y será más fuerte que nunca – Me dijo mi hermano Augusto al verme con semejante tusa mientras me daba unas palmadas en la espalda. – Vamos a estar en la casa de Margarita por si se anima, camine para que cambie de ambiente. Ese encierro sólo va a empeorar las cosas – pues sí, me imagino que la otra desalmada estaría tranquila mientras yo me quedaba en la casa viendo películas con la cara larga.

Llegamos a la casa de la amiga de mi hermano y el ambiente estaba relajado, había bastante gente para ser una reunión informal. Unos jugaban cartas, otros contaban chistes, todos felices. Saludé a Margarita y le pedí una cerveza bien fría, ella llamó a una amiga para no dejarme solo mientras iba a su habitación con mi hermano (se le notaban las ganas por él).

– ¿Qué te trae por aquí? No te he visto antes en las reuniones con tu hermano.

– Mira, no quiero hablar ahora. Gracias de verdad por la compañía pero lo menos que quiero es intimar con alguien.

Sonó esa canción de Darío Gómez “El rey del despecho” y grité que le subieran. Ella me miró y sonrió.

– Usted lo que está es entusado. No quiero dejar a mi amiga sola en el cuarto de visitas viendo películas, camine y nos cuenta sus penas. Vamos a ahogarlas con cerveza.

Qué más tenía para hacer, si seguía ahí hasta podía empezar a llorar por mi ex. Ver ese mismo programa en compañía podía subirme el ánimo. Llegamos al cuarto y su amiga estaba dormida en tangas, SÍ… EN TANGAS. Ellas llevaban tomando un rato y la cerveza había hecho efecto.

Me dio pena por haberla encontrado así y la desconocida (porque ni nos habíamos presentado) cerró la puerta del cuarto.

“Sin pena, Felipe. Venga siéntese en la cama” se sabía mi nombre. – ¿Cómo te llamas? – Pregunté – Mucho gusto, Ángela – respondió. Yo me puse a mil y empecé a sudar “Te ves nervioso, ¿nunca habías visto a una mujer durmiendo en tangas?” obvio sí, pero nunca a una desconocida. Ella se acostó a su lado, empezó a tocarla de las piernas hacia arriba… yo ya empezaba a izar bandera.

– Ella se llama Daniela y somos pareja. Nos gustan las emociones fuertes, todo fuerte. Digamos que tenemos una relación “distinta” a las demás.

No había caído en cuenta que se había hecho la dormida para provocarme con su ropa interior y ahora me estaba mirando mientras se mordía los labios.

– Venga que le vamos a ayudar con ese corazoncito roto – me dijo Ángela mientras le daba una nalgada a Daniela.

Cuando desperté, eran las 6:00 a.m. tenía a una chica en cada brazo. Escuché nuevamente en mi cabeza esa canción de Darío Gómez y me dije a mí mismo “Soy el rey del despecho”.

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